La vida en las letras: mi homenaje a los libros y la lectura

8501355426_830fa87c5f_cManuel Caballero, en su genial El Placer de Leer, describió su infierno particular como una enorme biblioteca llena de todos los libros que él ha leído. Cualquiera que tenga la devoción por la lectura que tenía el ilustre historiador sabe muy bien de lo que habla: ¿más nunca poder descubrir el mundo sin mapear que es un libro nuevo? Sólo a Satanás se le podría ocurrir algo así.

Tuve la inmensa fortuna de ser hijo de la hija de un escritor, de modo que soy descendiente de una línea de lectores insignes. Mi madre siempre animaba la lectura en mí, corrigiéndome con una severidad que imagino sólo era comparable a la que ella recibía de sus padres. Y es evidente que su herencia quedó: estando embarazada de siete meses de mi hermano, mi padre una vez la encontró sentada en la cama, con El Exorcista de William Peter Blatty apoyado de su enorme barriga. “Es que está demasiado bueno y no me quiero quedar dormida”, fue la excusa. (A los dos días fue a ver la película. A los que conocen a mi hermano, ahora entienden.)

Siempre han habido libros en mi casa, silentes testigos de los quehaceres del hogar, de modo que yo siempre tenía un compañero de viaje que yo tercamente insistía en llevarme aún a los viajes más cortos. La única vez que he ido al Campo de Carabobo cometí la blasfemia de estar leyendo mientras mi papá nos llevaba (en mi defensa, era sorpresa y ni me enteré a dónde íbamos). Mi hermano se rehusó durante años a regalarme más libros, pues no podía concebir que no importa el grosos, a los tres días el libro estaba terminado. No podía entender lo que entiende ahora: una vez que empezaba el viaje, debía terminarlo a como diera lugar.

Ahora de mayor extraño esos momentos en que podía tomar un libro cualquiera y perderme horas en él, como quien se lanza en un bosque en el que ha crecido toda la vida. Los momentos en que he podido estar totalmente abstraído con el amigo hecho de hojas y tinta, o su equivalente digital, han sido bien escasos. Lo bueno es que los libros siempre están ahí; quizá en algunos casos pasen de moda, pero los que uno ama con sinceridad se quedan por siempre, esperando a que uno los reencuentre. Ya sea  Rayuela de Cortázar, Ender’s Game de Orson Scott Card, Jurassic Park de Michael Crichton, cualquiera del “Gabo”, La Ilíada, La Odisea, La Hora Loca, Caracas Muerde, libros de ensayos o de humor, libros de historia narrada, uno puede saber que en cualquier momento, sus personajes te toman de la mano y te llevan a un oasis de la realidad que igualmente estará allí cuando regreses. La cosa es encontrarlos.

Gracias a Dios por los libros, por cada libro viejo que quiero leer y cada nuevo que estoy por encontrar. Espero que hoy hayan podido encontrar un buen momento para estar con uno; estoy seguro que hizo su día mejor. ¡Feliz Día de la Lectura!

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