Pensamiento vs. fe

Los más curiosos de mis colegas seguramente han oído hablar de This American Life, un programa de radio estadounidense que este año cumplirá 17 años ininterrumpidos al aire. Es un tipo de programa con el que yo sueño algún día encuentre un espacio en la radio criolla: reportajes profundos y entretenidos, con los más diversos estilos para presentar sus historias que todas giran en torno a un mismo tema. Algunas de sus historias hasta han sido usadas como base para películas, como The Informant!, dirigida por Steven Sodebergh y protagonizada por Matt Damon.

 

Esta mañana, venía escuchando un segmento de TAL llamado “Mr. Daisey and the Apple Factory”, contando la historia de un escritor llamado Mike Daisey, obsesionado con Apple, que un día encuentra fotos tomadas desde un iPhone nuevo en la planta de Chenzhen, China, donde son fabricados. Intrigado, las fotos lo hacen pensar “¿Quién hace las vainas que compro? E hizo algo que a ningún periodista se le había ocurrido hacer: tomó un avión para Chenzhen, en la provincia de Cantón, al noreste de China, contrató a una traductora y se paró frente a la fábrica de Foxconn, el mayor fabricante de productos Apple del país y quizás del mundo, y decidió que hablaría con quiera que quisiera hablar con él.

 

Antes de ir, cuenta Daisey, las fotos “lo pusieron a pensar. Que nunca es bueno para ninguna religión”. Y tenía razón. Los invito a escuchar el programa si quieren, o lean la transcripción (aquí lo traduje con Google Translate), pero lo que encontró le destrozó su visión. Conoció a varias mujeres –más bien niñas— de entre 12 y 14 años trabajaban en la fábrica (¿se acuerdan de la “iPhone girl”?)(*); entrevistó gente que trabajaba turnos de hasta 15 horas; conoció personas que habían perdido el uso de al menos una de sus manos por un limpiador industrial de pantallas que también es una neurotoxina degenerativa. Y claro que supo de las suicidios de obreros que se lanzaban de los altos techos de la fábrica… a la que Foxconn respondió poniendo redes de seguridad a su alrededor. En un momento, Daisey–quien cuenta su historia en un monólogo llamado “La Agonía y Éxtasis de Steve Jobs”— se hace la pregunta clave: “¿De verdad creen que Apple no lo sabe? ¿Una compañía que se preocupa, en especial, de los detalles?”

 

La frase que resalto arriba se quedó conmigo, aunque Daisey la dijo en tono humorístico. Uno de los elementos esenciales de toda religión, y los más difíciles, es la fe. Qué importa que tú no veas a Dios; tú sabes que Él existe. Tú sabes que tus acciones en el mundo te llevarán a una recompensa de vida eterna y lejos del sufrimiento, o a una eternidad de castigo. Basas tus acciones, tus creencias, hasta tu comportamiento en algo que tú no puedes explicar; simplemente lo sabes y ya. Con razón Christopher Hitchens tenía tantos admiradores: aceptar que hay un gran ser que vela por todos nosotros, sabe lo que estamos haciendo a cada rato y que nos exige nos comportemos de cual o tal manera, y esperar que cualquier actitud en vida nos dará una recompensa en una vida posterior es lo más irracional que pueda haber.

 

A medida que he crecido, mi fe nunca se ha debilitado; me sigo considerando tan católico como cuando me bautizaron, cuando me confirmaron, cuando me casé. Lo que sí ha hecho es madurar conmigo. Es como aquella historia: cuando eres un niño, tu padre es el hombre más inteligente del mundo; cuando eres adolescente no sabe nada; cuando eres adulto es muy inteligente, pero los hay más; cuando creces y ya no está quisieras que estuviera allí para pedir consejo. Cuando era niño yo aceptaba todo lo que decía la religión a pies juntillas; ahora encuentro muchas cosas que le critico. ¿Oponerse al matrimonio homosexual? De hecho, ¿a la homosexualidad como tal? ¿Como por qué? ¿Que los curas no deben tener familias? No tengo opinión tan fuerte en contra, pero sigo sin entenderla. También he manifestado críticas sobre el control familiar (no el aborto, ojo), el divorcio y hasta su posición respecto a Halloween.

 

Aún no he tenido “ese” momento que tuvo Daisey, y creo que, a pesar de cómo mucho gente cree que el amor a Apple es comparable al fervor religioso de un culto, es muy difícil comparar una profunda fe católica o cristiana o budista o musulmana con el amor a la tecnología, que es quizá lo más banal que pueda existir. Pero sí veo que hay cada vez más pruebas para esa fe en tu vida. Ves las injusticias y grandes desastres que pareciera que Dios permite, tanto en el mundo como en tu mundo. Ves cómo mucha gente trata de manipular a otros usando la palabra de Dios como un coco que los comerá si no se portan bien. Lo peor, ves gente como la Iglesia Bautista de Westborough y Al Qaeda, por nombrar dos extremos, hace acciones absolutamente despreciables en nombre de Dios. Entiendes que Dios nos dio el libre albedrío como un gran regalo, pero qué fácil es cuestionar lo que la gente hace con ese regalo. Es como que recibas un rifle de agua y decides llenarla con ácido sulfúrico.

 

Pero uno sigue con su fe. Fue algo que te enseñaron tus padres, o te lo “heredaron” al llevarte a misa los domingos, bajo protesta a veces. Pero te das cuenta que es como una manta que la sientes cómoda, aún si no la tienes encima. Como siempre, me acuerdo de una película, una llamada The Body, con Antonio Banderas, que trataba de un cura que era enviado a un sitio de excavación arqueológica en Israel para investigar la veracidad de que se ha encontrado un esqueleto que tiene muchas características en común con Jesucristo. Les aconsejo que la vean, pues trata de el mismo tema que El Código Da Vinci pero (hablando de su versión cinematográfica al menos) menos aburrida.

 

Sin embargo, el libro de Dan Brown tiene algo que lo embarca todo: su protagonista, Robert Langdon, dice en un momento: “Revelar esta información le quitaría a millones de personas en todo el mundo la fuerza de seguir adelante”. ¿Nos hace eso débiles, faltos de voluntad? ¿Que nos calamos la mierda que el mundo nos lanza día a día sólo porque pensamos que vamos a tener nuestra recompensa luego que muramos, cuando nadie lo puede disfrutar? ¿Qué haremos si luego resulta que morimos y no hay nada?

 

Mis respuestas a eso: quisiera pensar que no, que nos calamos esa mierda porque la vida se hizo para vivirla, con lo bueno y lo malo. Y si no hay nada después, bueno, estamos muertos, así que, o no nos daremos cuenta, o sencillamente estaremos muy tristes y ya. Pero, como dijo aquella historia, le pregunto a los ateos, y me encantaría saber la respuesta de alguien tan brillante como Hitchens: ¿qué vas a sentir cuando te mueras, si resulta que sí hay un Dios?

 

Aunque gracias a Dios por chistes como este, que pone las cosas en perspectiva:

 

Una mujer que llevaba una vida sumamente promiscua muere en un accidente, lo que hace a su hermana, que era una monja, muy temerosa por su alma inmortal. Cuando la monja muere y entra al Cielo, se encuentra a su hermana de lo más oronda.

-¡Niña!-, dice asombrada la monja. –¡¿Y qué haces tú aquí?!

--¡Mijita muérete!—, contesta la zángana-- ¡No era pecado!

(*) Tengan mucho cuidado si buscan “iPhone girl” en Google en la oficina.

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¿Llevaría su hijo pequeño a un concierto de rock? Porque yo sí.

halford El domingo de la semana pasada, Judas Priest y Whitesnake, dos de las bandas que más he seguido toda la vida, tocaron en Venezuela por primera y (en el caso de Judas) última vez, un evento al que tuve el gusto de asistir como corresponsal del periódico en el que trabajo. (Sí, fui gratis –suck it. :) Fue, sin lugar a dudas, una de las mejores experiencias que he tenido en toda la vida.

El hecho de que estés yendo a un concierto donde hay una banda que lleva 34 años de existencia y otra que lleva 42 (y no olvidemos que los teloneros, los criollos de Resistencia, empezaron en 1977 también) implica que el público va a ir desde casi abuelos con sus pelos largos y blancos hasta sus nietos y sobrinos que han escuchado eso. De particular fue destacar que mi compañera fue con su hija de nueve años, una de las chamas más pilas que he conocido en mi vida (“No mami, a mí no me gustan las pecas. Soy impecable”).

Esta niña se ha disfrutado el concierto como no tienen una idea, disfrutando las canciones y riéndose con algunos de los amigos de su mamá que nos encontramos allá. En una de esas ella y su mamá se metieron en la olla, y mientras ella tomaba fotos y fotos, todos los tipos a su alrededor se esforzaban por ayudarla. Un tipo así de la nada aceptó cargarla en sus hombros para que viera; si hubiera sido una chama de 16 habrías visto a todos los carajos detrás de ella gritándole “¡¡¡BÁJATEEEEEE!!!” Todos los tipos que la veían la felicitaban por estar ahí; era el apoyo completo a una futura generación que en incrementos se está volviendo más banal, y no sólo en sus gustos musicales.

Y la verdad, todo el ambiente era así. Uno tradicionalmente relaciona los conciertos de rock pesado y metal con violencia, por el tipo de música, o con mucha droga. Sí, el característico olor a la marihuana se coló en algunos momentos, pero en general yo lo que veía era gente que lloraba de la emoción de estar viendo a grupos que se han estado escuchando por al menos 20 años (en mi caso) y ya; cada quien lo hacía a su manera.

Nunca he ido, pero sería interesante compararlo con un concierto de reggaetón.

Yo encantado de la vida llevaría a una hija, hijo o sobrin@ a un concierto como el que fui el domingo, porque sabría qué esperar y cómo cuidarl@. En cambio, considerando lo que veo en sus videos y cómo veo a incluso niñitos bailándolo, prefiero que me castren y me hagan tragar el escroto antes de dejar a un hijo mío estar siquiera cerca de un concierto de Daddy Yankee o afines.

Y ojo, si a ustedes les gusta esa música bien, allá ustedes. Yo la detesto. Y entiendo que lo más probable es que el reggaetón tenga que pasar por muchos de los clichés que el rock: que si eso es de Satanás, que si eso no explota nada bueno, que si no se qué. Que entonces cuando el niñito diga en el colegio que lo que escucha es Radiohead o Metallica y no Justin Bieber o Chino y Nacho va a estar en minoría, quizá aislado. Que si entonces va a estar sentado en las fiestas sin bailar cuando suene el reggaetón. (¿Vieron el video que enlacé, verdad? Por mí, sí.)

Pero el punto de este post no es decir que el rock es mejor que el reggaetón, que vamos, es algo muy latino y por consiguiente nunca es 100% malo. Pero lo siento, gente, mi experiencia es que los rockeros en concierto se portan muy distinto que reggaetoneros en concierto. Son solidarios con los demás, se ríen con facilidad, no están pendientes del “quítate tú para ponerme yo” y no hay esta constante amenaza que a una chama la vayan a desvirgar o que alguna parejita vaya a meterse detrás de las gradas a “perrear en horizontal”. Sí, hay droga en el aire y cerveza, pero el ambiente no se siente tan poco sano.

Aunque estoy seguro que estoy condicionado por mis gustos musicales.

Pero igual les pregunto: ¿ustedes se llevarían a su hija de nueve años a un concierto de reggaetón?

Joder, ¿la dejarían escucharlo y perrearlo?

Eso pensé.

Más allá de eso… qué bueno el concierto del domingo.

Una muestra.

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El mundo después

9-11-anniversary-feature En 2001, estaba llegando a dar clases en el instituto de inglés donde eventualmente conocí a la que hoy es mi esposa. Mi madre me llamó al celular, fiel a su labor de ser quien primero me informa de los grandes acontecimientos, y me dijo: “¡Juan Carlo! ¡Un avión chocó contra el World Trade Center!”. Yo le recordé asombrado que no era la primera vez que un avión se estrellaba contra un edificio en Nueva York, pero igual no dejaba de ser impactante.

Llegué a mi trabajo y prendí el televisor para ver las noticias –justo cuando el segundo avión chocaba contra la otra torre. Ahí sí me asusté. Ya esta vaina no era un accidente, o si no asústense, todos los pilotos andan borrachos. Todo ese día, el horror de los neoyorquinos contrastaba fuertemente con el júbilo de gente en el Medio Oriente que celebraban lo que parecía la caída del “Demonio del Norte”. Yo quizá no apoye a los Estados Unidos en todo lo que hace, ni siquiera en la mayoría, pero saben, es mi segunda patria. La tierra que me vio nacer, si no la que me hizo ser quien soy. Verla atacada de esta manera no me afectó tanto como los deslaves de Vargas en 1999 –ni cerca—pero ciertamente no fui indiferente a ello.

Lo siguiente que recordé fue mi viaje a Nueva York en 1995. Fuimos a todos los sitios principales de la ciudad, excepto a las Torres Gemelas. Sólo llegamos a su pie y miramos hacia arriba. Como casi todos los edificios allá, quedé asombrado de su imponencia, su majestuosidad arquitectónica. Nos preguntamos si subiríamos a conocerlas, pero decidimos no hacerlo. “Siempre podremos volver”, dijo alguien, quizá mi papá, quizá yo mismo. ¿Y cómo íbamos a saber?

Desde entonces, veo el mundo alrededor y me pregunto, ¿qué se aprendió de aquel entonces? No sólo para Estados Unidos, que ciertamente ha pasado de ser el incuestionable gigante del mundo a un leviatán herido, lleno de gente peleando entre sí, sino para todos nosotros. Sí, Osama bin Laden ya no está y Al Qaeda está debilitado (pero aún no acabado), pero, ¿cómo nos afecta a nosotros?

El mundo se ha vuelto más desconfiado, menos amistoso y más paranoico. Estados Unidos pasó de ser el rey indiscutible del mundo (aunque lo quiera negar) a ser un leviatán herido que ese mundo odia o le tiene lástima. Algunos estadounidenses culpan a los inmigrantes o los musulmanes de sus males, el hemisferio sur culpa a Estados Unidos y Europa de sus males, ya sea por capitalismo, terrorismo, invasión o indiferencia.

Mientras tanto, mi país tiene sus propios problemas.

La verdad es que los terroristas, si bien no lograron derrumbar al país como tal con sus cobardes tácticas, ciertamente han contribuido a que el mundo viva en miedo. Pero las hordas de malandros en Caracas son tan rivales de los terroristas de Al Qaeda en cuanto a gente que han matado en diez años. Si acaso un ataque terrorista se puede prevenir; ¿cómo se previene la inseguridad en las calles de mi ciudad? Sí, con más y mejores policías, pero eso aún no ha pasado. Nosotros también vivimos con miedo, nosotros también vivimos con violencia, nosotros también desconfiamos de los vecinos.

Pero ese día, como dijo recientemente el canciller de República Dominicana (35 dominicanos perdieron la vida el 11-S), ese día se vio tanto lo peor como lo mejor de la humanidad. Sí, se vio gente que mató a miles de seres humanos supuestamente en nombre de Dios. Pero se vio a otros hacer el trabajo de Dios: tratar de salvar a los enterrados, consolar a las familias de las víctimas, tranquilizar a un extraño que lloraba. Aquí todos los días, subiendo para acá, también veo lo peor y lo mejor de la humanidad, viendo gente tirada en la calle víctima de sus propios abusos o de la inseguridad, pero también veo a gente que simplemente se para a recogerle una bolsa a una señora o le abre una puerta.

El mundo está mal. Muy mal. Mi país está mal. Muy mal. Pero mientras haya gente que queremos hacerlo mejor, que trabajamos por hacerlo mejor, hay esperanzas. En serio, mi gente. Dejemos de ser egoístas, trabajemos porque mejoren las cosas. Tratemos mejor a los vecinos, no caigamos en sus provocaciones de violencia. Ojalá que nuestros hijos se consigan con la verdadera patria grande.

Este fue uno de los mejores homenajes que vi hoy del 11-S: la tira cómica Big Nate. traducción del diálogo al final.

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-Aaaaay, mira qué lindo. ¿Construyendo un castillito de arena, niñitos?
-Algo así.
-¡Ten cuidado, pelón! ¡A lo mejor te lo tumbo!
-No. No lo harás.
-¿Ah sí? ¡Bueno, vendré más tarde y veremos!
-'Ta bien.
-No lo tumbarás.

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¿Y si se muere?

Para los que no quieran leer un post largo y a los que están listos para enviarme cuanta maldición se les ocurra, les doy la versión corta:

La gran cagada.

Para los demás (y gracias, de paso), me explico.

Ya no hay Copa América, peo en El Rodeo, Miss Venezue o Transformers 3 fuera de la pantalla venezolana que valga. Luego del jueves en la noche, hay un solo tema en la boca de todos los venezolanos: el presidente Hugo Chávez anunció que le extirparon un tumor cancerígeno y está en tratamiento.


Una semana antes, el periodista Nelson Bocaranda publicó un amplio artículo en El Universal (aquí lo pueden descargar en PDF) informando que lo del absceso pélvico que originalmente se había anunciado fue por lo que lo operaron no era del todo cierto, y fue el primero que usó públicamente la palabra “cáncer”. El presidente de la Asamblea había desmentido con vehemencia que el Presidente tuviera ese mal y fue, en mi opinión, el que quedó peor, con el diputado Saúl Ortega en segundo lugar al decir que Chávez estaría en el país “en las próximas horas” el 20 de junio, lo que obligó al ministro de Comunicaciones, Andrés Izarra, le dijera muy sutilmente que se callara la jeta.

Empezaron a hablar las voces en contra. La oposición cuestiona que el presidente Chávez esté mandando en Cuba, pidiendo que se declare falta temporal y que el vicepresidente Elías Jaua asuma para cubrir el vacío de poder, según la Constitución. Jaua muy tranquilo dice que no hay necesidad de eso, que el presidente puede estar fuera del país un máximo de 180 días –incluso que estaría aquí antes— y puede segur mandando desde donde esté –lo que sí va en contra de la Constitución, que establece que el centro de poder está en Caracas, no donde esté su Presidente.

Una vez que las mandíbulas colectivas fueron puestas de nuevo en su lugar, empezaron las especulaciones. En un artículo de opinión publicado por el Washington Post, la bloguea cubana Yoani Sánchez compara todo el hermetismo alrededor de la salud del Presidente con la que hubo en 2006 por la salud de Fidel Castro. “Acostumbrados como estamos a leer reportes médicos al revés y careciendo de confianza en diagnósticos benignos, la convalecencia de Hugo Chávez no ha pasado desapercibida en nuestro país”, escribe Sánchez. “Al igual que con Fidel Castro, los medios cubanos buscaron aliviar las preocupaciones sobre Chávez. Hasta el jueves en la noche, los detalles de su salud no se habían hecho públicos. El secretismo rodeando la cirugía realizada al presidente de Venezuela reforzó nuestra sensación que se estaba ocultando información. Como fue el caso hace cinco veranos, los reportes oficiales jugaron a distracción y subestimación. La falta de claridad sugiere que estamos reviviendo esos días paranoicos cuando una cortina de silencio fue corrida alrededor de un anciano, y no sabíamos si aún respiraba o era incapaz de seguir comandando ‘sus tropas’”.

Ah… Y no olvidemos incluir lo que salió hoy en El País de España: que si en efecto tuvo u absceso pélvico y encima se le extrajo un tumor cancerígeno, lo que nuestro Presi tiene es cáncer de sigma perforado. (El sigma es la parte final del colon.) “La segunda causa en frecuencia de absceso pélvico (una acumulación de pus en la parte baja del abdomen) en pacientes de esa edad y exceptuando la apendicitis -que es más frecuente en jóvenes-, es el cáncer de sigma”, dijo uno de los médicos consultados por El País. “La primera es la complicación de otra enfermedad frecuente en esas edades, la diverticulosis, que no es otra cosa que la aparición de pequeñas bolsas en la pared del colon que no produce síntomas. En ocasiones esos divertículos se inflaman y pueden producir la perforación del intestino grueso”. (Claro, me saca la piedra que todos los médicos consultados en el artículo se abstuvieron de dar su nombre. Ni que fueran médicos de aquí que les van a perseguir su familia, no joda.)

Yo no sé si es algo exclusivo de mandatarios militares o militaristas que la salud del presidente debe ser tratada como secreto de estado –¿qué tan avanzado estaba el cáncer del presidente paraguayo Fernando Lugo el año pasado?— pero creo que dice bastante sobre los regímenes autocráticos donde revuelve casi todo en torno a la figura de una sola persona.  Salvando las distancias –y mira que son LAS distancias— piensen en cuánto duró el gomecismo en el poder luego de la muerte del Benemérito Juan Vicente Gómez. Cuánto sobrevivió el nacionalsocialismo después que Hitler se metió un tiro.

Chávez no es ni de cerca un dictador como Gómez y muchísimo menos que Hitler, y eso lo creo de todo corazón; cualquiera que piense parecido está pelando bola de cajón y de calle. Pero no se puede negar que el Gobierno, la vida del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) y aún de su tren ministerial gira en torno a él como lunas alrededor de un planeta. Cuando hay rencillas internas en el partido –y admito que esto es especulación, pues dichas rencillas se mantienen bien en secreto— es su mano la que pone orden. Cuando hay campaña para mandatarios regionales, parecía que la imagen del Presidente aparecía con mayor frecuencia que los propios candidatos, a tal grado que el Gobierno tuvo que prohibir ese uso el año pasado.

Ante ese panorama, hay que incluir algo que quizá duela admitir: Chávez es un presidente carismático como pocos. Lo que Chávez despierta no es amor, es muchas veces fanatismo, comparable en algunos casos con las obsesiones de una adolescente por el chamo que no le para o sólo se la cogió una noche. El tipo te puede tratar mal, no cumplir lo que promete, tardar en complacerte, pero basta con que te hable bonito y te medio complazca en algo y ah no, ese es Dios. “Él sí me quiere, pero está demasiado ocupado…” “Él nos ama, pero no puede estar en todos lados…”

Dicho eso, espero entiendan por qué digo que, suponiendo que Chávez no venza el cáncer que lo aqueja –y honestamente no tiene por qué no hacerlo—, esa sería la gran cagada. Igual si se mejora, la verdad.
¿Saben en dónde está la popularidad de Chávez ahorita? Dependiendo a quién le pregunten, está entre 35% y 53%. Pero supongan que el hombre se recupera. (Que honestamente eso espero.) ¿Saben lo fuerte que se va a ver al haber vencido un cáncer? Ahorita todo el Gobierno está aplicando una de “pobrecito, estemos pendientes de él”. Luego será “ay tan bello, míralo, ni el cáncer pudo con él”.

Pero ahora supongamos que el hombre empeora y muere, antes de 2012.

Si en efecto el Presidente es el único que mantiene la unidad dentro del PSUV, su ausencia haría una batalla por el poder inmediata y me atrevería a decir sangrienta (si no en el sentido literal). Las voces más prudentes y tranquilas –como el primer vicepresidente de la Asamblea y ex alcalde mayor de Caracas, Aristóbulo Istúriz, o el propio Soto Rojas—serían bien acalladas.

Pero si no, si en efecto el PSUV decide respetar los deseos de Chávez sobre quién lo sucedería en el poder (o al menos sería su abanderado en la candidatura), ese hombre –o mujer— contará con el equivalente de la bendición de un santo. Todo el mundo sabe quiénes son los más cercanos al Presidente: el diputado y ex ministro Diosdado Cabello; el ministro de Energía y Minas y presidente de Petróleos de Venezuela Rafael Ramírez; el hermano del Presidente y gobernador de Barinas, Adán Chávez; la diputada Cilia Flores; el canciller Nicolás Maduro; y por supuesto, el propio Jaua, quien en menos de dos años ha ascendido los rangos como espuma. Cualquiera de ellos podría estar listo para brincar a la candidatura sin (mucho) chistar de los otros (aunque rumores de tirrias entre Jaua y Cabello abundan en las redacciones).

Eso sí, ninguno tiene el carisma de Chávez. Su hermano habla como la maestra de Charlie Brown articulando; Jaua, con toda su habilidad para hablar no tiene el mismo toque popular del Presi, mucho menos Ramírez. Y Cabello es, sencillamente, demasiado pedante. Podrían mantenerse en el poder gracias a “la memoria de nuestro Presidente”, pero nadie se creerá que estarán ahí “hasta el dos mil siempre”.

Pero está el mientras tanto.

Este es el peor momento para hablar mal de Chávez, mi gente. Desearle mal, burlarse de su condición, rezar a que se muera… Mira, dada la profunda división que aplicó entre los venezolanos, donde el mayor peo que teníamos era broncas en un Caracas-Magallanes, son reacciones naturales. Pero como hijo de un paciente al que le detectaron células cancerígenas, ir tan en contra de un paciente de cáncer lo que hace es fortalecer la simpatía por él. Es hacer leña del árbol caído. Mala idea. O sea, ¿hablas mal de Chávez y los chavistas, y te extraña que nos tengan arrechera? Es cierto, los que lo oponemos hemos recibido coñazo, nos han quitado televisoras y radios, y ha hecho que gente como Manuel Rosales y Henrique Salas Feo reciban más publicidad de la que se merecen, amén de todo el rollo que ha habido en las cárceles, el auge de la delincuencia y una crisis habitacional que me pegó más cerca de lo que quise.

Pero si de verdad quieren salir de él, más les vale que trabajen para hacerse que ustedes se vean menos coñemadres y más como una alternativa a él. O si no, nunca se va a ir, así no esté.

Que se recupere, Presidente. Mi opción de candidato lo espera sano y salvo.

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Tony

Tony aún está en sus años 20. Su esposa –aunque uso ese término muy a la ligera— no es mayor de edad; tienen una hijita que está aprendiendo a caminar. Tony tiene algo en la lengua, en los dientes, en la boca, que impide que se le entienda bien lo que dice. El hecho que habla a diez palabras por segundo no ayuda.

Tony es educado, humilde, fácil para reír, buen trabajador. Ha estado trabajando con la familia de mi esposa desde hace más de un año; su suegra limpia, su hijastro lava carros y ayuda. Hace tres meses, empezó a trabajar en nuestra nueva casa, empezando por remodelar nuestro baño, y terminando por baldosar el piso.
Tony es bien eficiente: terminó el baño en una semana, el piso de la sala en dos. Y habría terminado el piso de los cuartos mañana.

Hasta que anoche, a Tony se le cayó la casa.

Fue a trabajar a la nuestra en la mañana, pero se tuvo que ir para empezar a sacar sus cosas antes que ocurriera lo inevitable. Lo que ocurrió cuando estábamos pidiéndole que bajara los escombros para empezar a mudar nuestras cosas.

Tony se mudó a la casa de su suegra, pero aún hay peligro allí. Ahora está en casa de unos vecinos, él, su esposa y su hijita.

Ahora Tony es parte de los más de 30.000 damnificados en el estado, producto de lluvias, malas construcciones y mal urbanismo.

Él y su familia están bien. Y a la vez no lo están. Pues no tienen un techo sobre su casa.

Ahora Tony no puede ir más a mi casa.

Mi casa vacía.

Ahora explíquenme por qué debo tratar a Tony como una amenaza.

Por qué debo tratar a un muchacho cuyo único motivo de queja para mí es lo poco que le entiendo cuando habla como un peligro para mi futuro.

Por qué tengo que prevenir que alguien que sólo necesita resolver su futuro perturbe el mío.

No se molesten en escribirlo en los comentarios; ya sé por qué.

Porque entonces todo por lo que he peleado se vendrá abajo.

Porque podría perderlo todo.

Como Tony.

Esa es la situación en la que estamos viviendo en el país, donde las cosas malas le pasan muy a menudo a la gente buena, y la gente buena se puede convertir en mala rapidito.

Lo único que deseo en este momento es que esta historia fuera tan mentira como el nombre de Tony.

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